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Tag Archives: Alan Parsons Project

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Recuerdo la primera vez que escuché (en realidad ví) a los franceses encasquetados. Corría el año 1997 y su presentación en sociedad fue con un video absolutamente demente de la canción “Around the World”, una coreografía retro/patético/espacial dirigida por Michel Gondry (el talento siempre se junta). El video tenia cualidades magnéticas, no podías dejar de mirar la pantalla mientras la canción entraba en tu sistema nervioso para quedarse pegoteada para siempre.

Pero más allá de ese primer impacto, mi amor con la banda se confirmó en mi primer viaje a Europa, llegando al aeropuerto de Amsterdam escuché  “One More Time”, ese himno al siglo XXI era una maravilla, derrochaba la alegría del “primer mundo” que era el viejo continente por aquellos años. El disco al completo es genial, un homenaje al dance de los ’70 pero con todas las pastillas de los ’90. Un equilibrio perfecto que no chocaba en ningún momento. Ya se dejaban ver las influencias y el talento detrás de estos músicos (no DJ’s, jamás confundir) todo era coherente: su estética, sus increíbles videos (animaciones de Leiji Matsumoto), todo funcionaba y millones de personas en el mundo idolatraron y copiaron su estilo.

A tanto llegó el asunto que ellos se saturaron de ellos mismos. A partir de ese momento fue el abuso del abuso. Que si sacamos un grandes éxitos, que si un disco en vivo, que el sello me apura y saco una bazofia olvidable como “Human After All”, etc, etc, etc. Personalmente los dejé abandonados y me resigne a imaginar una vida sin ellos, escuchar cada tanto sus viejas maravillas y recordar aquellos años como si fueran la talla 34 de un Levi’s, algo muy lejano en mi vida.

Pero el año pasado mi corazón volvió a latir, reaparecen con el soundtrack de la trurñopeli remake del (no necesario) clásico Tron. El disco es regulín, pero estaba claro que lo usaron para lubricar el ambiente. Ellos hacen música pero no tienen un pelo de tontos, querían saber si su público seguía por allí, atento, esperando algo más de su parte. Y si, las gordas fans estábamos hambrientas de su brie musical (si, esta frase esconde claramente referencias sexuales)

Y mientras pensaba que estaban oxídados y viviendo de contar sus historias a jóvenes modelos en Cannes los chicuelos se estaban currando a destajo el que sería su nuevo y enorme trabajo.

Y con un timing maravilloso – como franceses elegantes que son dejaron que Bowie comience el año lectivo- empezaron a mostrar a cuentagotas su obra. Cuando escuche “Get Lucky” por primera vez mi corazón se estremeció, esa guitarra ritmica era perfecta, la base sólida como un bloque y la voz de Pharrell Williams se encargaba del resto. Era como volver a escuchar el mejor Prince, era disco music puro en momentos de asepsia e inmovilidad hipster. El sonido sexy volvía a estar de moda, y ellos eran los responsables.

Fueron soltando perlitas, pequeños documentales donde el maestro Giorgio Moroder habla de sus tiempos de gloria y de ellos como si de los nuevos dioses del olímpo tecno se tratara. Todo el mundo quería saber más del segundo disco más esperado del año, y una semana antes del lanzamiento lo cuelgan en iTunes para escucharlo completo. Y ahí, en ese momento, es donde me vuelvo un flan.

Me esperaba un buen disco, en su línea, con sus influencias de siempre y esas cositas, pero no, estos jodidos hijos de una hiena me atrasaron a mi más absoluta y tierna infancia. En Random Access memories habita gran parte del banco de sonidos de mis inicios musicales. Vuelven a mis oídos Steely Dan, Alan Parsons, Cerrone, Donald Fagen, Giorgio Moroder y cosas que los jovenzuelos generación “pincho con el iPad” no tienen ni puta idea. El disco desborda elegancia por todas partes!!! Esta grabado con un cuidado y una delicadeza que no merece ser escuchado en reproductores cutres de mp3, es una jodida maravilla (mi frase!) Y no puedo negar el enorme condicionamiento emocional que provocan todos esos sonidos en mi. Apelan a una memoria musical que es la base donde se soportan los miles de discos que llevo oídos en mi vida.

Lo que más me alegra del asunto es saber que algún joven ávido de curiosidad – como lo fui yo en su momento- investigará de donde vienen todos esos soniditos e influencias de estos chicuelos, y solo por esta simple razón el disco ya es un clásico, un destapador de mentes, un abrelatas a la historia de la música.

Gracias mis queridos gabachos, una vez más mi corazón es todo vuestro.

Dedico este post por aguantar(me) desde hace 10 días escuchando el disco una y otra vez a @juanfranmiguel, el hombre de la paciencia eterna.

Hace un tiempo escribí sobre las primeras escuchas de esas canciones que quedan grabadas en nuestra mente mas allá de la trascendencia comercial y la siempre excesiva rotación radial. Y lógicamente todas esas canciones están asociadas a diferentes espacios. Barrios, plazas o calles sirvieron de locación para que esas melodías se presenten en nuestras vidas.
Un ejemplo en mi vida es la Avenida Cabildo, especialmente el perímetro que va desde la calle Echeverría hasta Monroe, en 5 calles transcurrió una gran parte de mi vida adolescente. Era lugar de encuentro, de formación cultural, de vanguardia, de amores y catástrofes, básicamente todo aquello que suele ser nuestro único interés cuando se empieza a vivir.
Esta avenida para mi es The Cure, Ramones, Madness, U2, Tears For fears, Echo and the Bunnymen, Simple Minds, New Order y solo son algunos ejemplos representativos. No puedo escuchar canciones de estos grupos sin relacionarlas con La galería Churba, la discoteca Star Light y el olor de la pizzería Burgio, un lugar al que jamas se atrevió a entrar un inspector de bromatología.
Otro lugar inolvidable es la casa donde vivía mi amigo Camilo con sus tías en el barrio de Nuñez , era un templo donde cualquier noche de la semana uno era bien recibido, allí escuchábamos a los Doors hasta el agotamiento, la literatura se combinaba con hamburguesas de Rojo y Negro y partidas de Black Jack con Javier, nuestro tahúr particular. Para mi Jim Morrison no es Sunset Strip ni Venice Beach en Los Angeles, es Libertador a la altura del estadio Obras Sanitarias.
Otro recuerdo que tengo grabado en mi memoria es mi casa natal en el barrio de Palermo viejo, cuando la calle Armenia se llamaba Acevedo. Allí el rey durante mi infancia fue el vinilo, recuerdo que ponía el disco “I Robot” de Alan Parsons Project, me recostaba en el suelo de madera y me colocaba bestialmente los altavoces pegados a mis oídos intentando que la música entre profundamente a mi cerebro. Creo que esas fueron mis primeras experiencias psicotrópicas involuntarias…
Y hoy día no podría imaginar la sala de edición de MobuzzTV sin música de fondo, ya existen clásicos de ese espacio, allí sonaron mas de mil veces canciones como “Los olvidados” de Sidonie, “Sunny” en la tremenda versión de James Brown, “Good Vibrations” de Brian Wilson o “Por Mi tripa” de los Pereza. Y mas de una vez, cuando el cansancio, el hartazgo, las malas noticias o la adversidad se hicieron presentes en ese lugar, cualquiera de los allí trabajamos supimos poner la canción adecuada en el momento exacto, y este es un recuerdo que me quiero guardar para siempre.

(Sony no me deja poner el video original, lo siento)

Este es mi mayor fetiche no consumado, lo vengo dilatando demasiado pero creo que ya no voy a poder resistirme mas. No se si la culpa la tiene la edad, la búsqueda absurda e infinita de la alta fidelidad, la falta de ediciones de cierto material o simplemente la nostalgia de que todo tiempo pasado fue mejor. Pero necesito volver a escuchar el sonido de la aguja de diamante atravesando el surco del vinilo.
Recuerdo mi infancia con la bandeja Ken Brown y ciertos discos que no podían faltar en cualquier casa de Buenos Aires a finales de los años 70. “I Robot” de Alan Parsons Project, “Live killers” de Queen, “Frampton Comes Alive!” de Peter Frampton y un disco de la UNICEF que se llamaba “the music for unicef concert” que contenía todos los hits del momento de Abba, Bee Gees y Rod Stewart. Este fue uno de los primeros proyectos que uso la solidadridad como pretexto para promocionar a los “Generosos” artistas.
Llegue a tener bastantes vinilos propios a pesar de mi corta edad, recuerdo el single de Flash de Queen, un compilado que se llamaba “Winners III” que traia “Babooshka” de Kate Bush, “9 to 5” de Sheena Easton y “Betty Davis Eyes” de Kim Karnes, y no me puedo ni quiero olvidar el gran hit “The Gambler” de Kenny Rogers (el country llegaba a mi vida sin que yo me enterara) una asquerosa maravilla.
Pero como el cassette llego muy temprano a mi vida el vinilo no llego a ocupar el lugar que le quiero dar ahora. La practicidad del cassette y su portabilidad lo hicieron protagonista de mi vida, como luego lo fue el CD, el minidisc y actualmente el mp3.
Pero desde hace unos años me entraron unas irrefrenables ganas de volver al vinilo, tengo muchos justificativos que hablan de la diferencia de lo analógico y lo digital, aquí una de las razones:

– El vinilo reproduce en un surco la forma original de la onda de sonido, es un formato analógico, por lo tanto, el sonido no sufre distorsión en este aspecto, se guarda tal y como se grabó en el estudio.
– Reproduce todo el espectro musical, desde las frecuencias más bajas hasta las más altas que el oído no puede captar directamente, pero permite que el sonido se mantenga repleto de armónicos (aquello que a grosso modo nos permite diferenciar el maullido de un gato del sonido de un violín).

Pero mas allá de esta importantisíma razón técnica mi motivo es otro, y básicamente se trata de la nostalgia, así de simple.
Es el deseo de volver a valorar el arte de tapa de un disco, sus secretos, su diseño. El concepto de lado A y B. Los discos antes se pensaban de otra manera y la importancia del track que ocupaba la canción era fundamental. The Wall de Pink Floyd se disfruta mucho mas en 4 caras que en 2 cd.
Entrando en el plano domestico mi chica me quiere regalar un plato (bandeja) para nuestro aniversario de bodas, yo le vengo dando vueltas,pero no porque no lo desee, sino porque se que voy a volver a obsesionarme, y que en cada ciudad que vayamos me voy a pasar horas en las tiendas de vinilos y en los rastrillos buscando aquella perla perdida que jamás llego al cd o simplemente comprando de nuevo algún clásico solo por el placer de llegar al hogar y poder escuchar esa bella y sutil lluvia que precede al encuentro con la música en los vinilos. Y de esta manera sentir que me encuentro mas cerca del artista y de la inocencia de aquellos tiempos pasados que no fueron mejores, simplemente fueron encantadores.